Dicen que hubo un día en que la liebre quiso ser como la tortuga: tenaz, persistente, perseverante. Quería dejar de tener una carrera constante con el tiempo y soñaba con llegar a todas las metas que se había marcado.
Como es muy cabezona y orgullosa, se rindió muchas veces ya que por distintos motivos no conseguía alcanzar sus propósitos. Y lloraba, y no dormía, y maldecía su poca fuerza de voluntad, y se desesperaba, y volvía a llorar... Pero siempre que abandonaba se encontraba con alguna tortuguita en su camino que, lejos de reírse de ella y su desastrosa planificación del tiempo, le apoyaba para que cumpliera sus objetivos. ¡Y vaya, finalmente lo consiguió!
Qué mal estaría la liebre sin esas tortuguitas...